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 Quisiera hablarte del viejo y nudoso guamo que crece a un lado del camino. Quisiera hablarte de ese árbol porque es el que custodia la casa que habito. Ahí siempre está, puntual y erguido, a pesar de que las raíces arañan el precipicio y el viento se enfurece contra sus ramas. Nada lo trastoca. Paciente se inclina, como si buscara en el suelo las hojas que perdió en la tormenta. Su tronco cruje, pero no se lamenta; siempre tiene algo de sombra para brindarte en el día soleado. Quisiera hablarte de ese árbol porque admiro su insistencia, su necedad, su apego a la existencia. El otro día vinieron a desgajarlo y ya le están brotando incipientes retoños. No claudica; algo de sano orgullo habrá de tener para estar siempre reverdecido. Ni en la temporada más tórrida se le ve sediento. Todo esplende. Quisiera hablarte del tupido guamo, de su perfecto silencio, de su propensión a meditar en las tardes. Quisiera hablarte de ese árbol porque lo siento tan cercano, tan mío, como si hubiera plantado su amarga semilla en la tierra. Te hablo de él porque, cada vez que puedo, me tiendo bajo su sombra y aprendo un nuevo lenguaje. Ya no soy yo y todo mi desamparo. Algo nuevo renace en mí, como un fruto luminoso, como estas palabras transparentes con las que te habla mi corazón.

            Hoy el viejo guamo me regaló una de sus flores.
            Cuando vuelva a verte te la daré
            para que hagas con ella
            una canción.


Floridablanca,
martes 25 de febrero de 2020.

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