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Era de noche. El viento se arremolinaba en las praderas azules. Sacudía los tallos, hacía bailar las hojas de los árboles perennes. Caí una leve llovizna. En casa, el fuego ardía en la hoguera. Crujían los troncos y saltaban briznas de luz encendida por toda la habitación. Yo dormía profundamente, pero me despertó el graznar de un pájaro desvelado. Te busqué en la cama, palpé las sábanas y no te encontré. Todavía permanecía la tibieza de tu cuerpo. Entonces, me levanté con los ojos sedientos y salí a buscarte. Afuera me golpeó el frío crispado que venía del mar. Era de noche. La isla se hundía por completo en el cielo. De lejos, me llegó tu voz. Seguí la música que brotaba de tus labios y te hallé sentada en una piedra resplandeciente. No dije nada. En el suelo se formaban pequeños charcos donde nadaban las estrellas. El ukelele que sostenías era un corazón vibrante. Con cada canción se fueron disipando la oscuridad y el sueño invernal. A tu lado, en silencio, vi el nuevo amanecer.

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