Entradas

Mostrando entradas de febrero, 2022

7

  Llegaste apresurada, con la luz amarilla desbordándose en tus ojos. Venías de recorrer las montañas. Sin esperar, me agarraste de la mano y me llevaste al campo. Es un milagro, dijiste. Atravesamos entonces los pastizales marchitos, bordeamos las blancas colinas y nos adentramos en un valle. El río extinto lloraba tembloroso bajo nuestros pies. Ya casi llegamos, dijiste. El viento ahora nos empujaba como a dos hojas ingrávidas, la claridad moría en las alturas y caía, silente, sobre la nieve. Yo me aferré con fuerza a tu corazón. Junto a una peña, entre lajas cortantes, nos detuvimos. Es aquí, dijiste. Me acerqué y vi el agua que nacía desde lo profundo. Un borbotón traslúcido que tomaste en tus manos hechas cuenco. Ven y bebes, dijiste. Un sorbo bastó para entender el asombro en tu sonrisa. Aquí es donde se baña la luna, dijiste. El agua seguía hasta perderse en las grietas de la tierra. Tú y yo en otra noche de escarcha. Frente a nosotros, el milagro de la vida.

6

  Era de noche. El viento se arremolinaba en las praderas azules. Sacudía los tallos, hacía bailar las hojas de los árboles perennes. Caí una leve llovizna. En casa, el fuego ardía en la hoguera. Crujían los troncos y saltaban briznas de luz encendida por toda la habitación. Yo dormía profundamente, pero me despertó el graznar de un pájaro desvelado. Te busqué en la cama, palpé las sábanas y no te encontré. Todavía permanecía la tibieza de tu cuerpo. Entonces, me levanté con los ojos sedientos y salí a buscarte. Afuera me golpeó el frío crispado que venía del mar. Era de noche. La isla se hundía por completo en el cielo. De lejos, me llegó tu voz. Seguí la música que brotaba de tus labios y te hallé sentada en una piedra resplandeciente. No dije nada. En el suelo se formaban pequeños charcos donde nadaban las estrellas. El ukelele que sostenías era un corazón vibrante. Con cada canción se fueron disipando la oscuridad y el sueño invernal. A tu lado, en silencio, vi el nuevo amanece...

5

  La noche nos alcanzó antes de llegar a la playa. Tras las verdes colinas, el mar empezaba a inquietarse. A tientas, por el camino de abrojos, seguimos hasta encontrarnos con el agua oscura. Un solo rumor que rompía en la orilla y, al final, la espuma que tocaba nuestros pies descalzos. El viento se adentraba con furia en el cielo dormido. Tú recogías guijarros blancos que nacían en la arena. Los guardabas en los bolsillos como pequeñas monedas recuperadas de un naufragio. Yo te veía sonreír en la distancia. Te alejabas cada vez más. Solo quedaban las huellas húmedas que borraba una próxima ola. Tuve miedo de perderte. Dije tu nombre y volviste desde la bruma. Temblabas de frío. Un puñado de estrellas tímidas se asomaban entre los nubarrones. Entonces, nos abrazamos y fue suficiente el silencio. El mundo estaba allá, olvidado y lejano, al otro lado del mar. En la isla, apenas llegaba el invierno.