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La noche nos alcanzó antes de llegar a la playa. Tras las
verdes colinas, el mar empezaba a inquietarse. A tientas, por el camino de
abrojos, seguimos hasta encontrarnos con el agua oscura. Un solo rumor que
rompía en la orilla y, al final, la espuma que tocaba nuestros pies descalzos.
El viento se adentraba con furia en el cielo dormido. Tú recogías guijarros
blancos que nacían en la arena. Los guardabas en los bolsillos como pequeñas
monedas recuperadas de un naufragio. Yo te veía sonreír en la distancia. Te
alejabas cada vez más. Solo quedaban las huellas húmedas que borraba una
próxima ola. Tuve miedo de perderte. Dije tu nombre y volviste desde la bruma.
Temblabas de frío. Un puñado de estrellas tímidas se asomaban entre los
nubarrones. Entonces, nos abrazamos y fue suficiente el silencio. El mundo
estaba allá, olvidado y lejano, al otro lado del mar. En la isla, apenas
llegaba el invierno.
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