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Abro la
puerta a la mañana y entra como el viento. Entra fugaz y silenciosa y se tiende
en la sala. Menea la cola y me mira con sus ojos de estrella juguetona. Viene
de la noche, cubierta de rocío y con un olor a hierba fresca y tierra húmeda. Todo
en ella es pelo crespo y orejas grandes que le cuelgan como racimos. Le digo Mona, pero desconozco su verdadero
nombre. Llegó un día y, después de unas tímidas caricias, decidió volver. Y siempre
llega así: de improviso, a horas insospechadas. Siempre viene contenta y reluciente,
con su hocico mojadito y la mirada enternecida. Pacientemente, sin ladrar, espera
a que le sirva su ración en el plato. Después aletea, brinca y hurga en los
rincones de la casa hasta que se cansa. Solo el sueño mina su entusiasmo. Y ya
para entonces, saciada y feliz, se tiende a dormir una siesta profunda. Mona despierta y se larga como el
viento. Volverá cuando le plazca, después de haber recorrido los potreros y la
alta montaña. Algo de su despreocupada libertad, siempre, se queda conmigo. Silvana,
quisiera que alguna vez la conocieras. Mientras
tanto, te hablo de ella en este escrito que firmo con la huella de su patita
regordeta.
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