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Hoy vi al viento correr con furia
en esta montaña. Me sombró su llegada intempestiva, su premura, su fuerza
implacable, y también lo breve que perduró la escaramuza. Vino del silencio; levantado
polvareda y sacudiendo los árboles. Los perros corrieron espantados, el techo
de la casa se zarandeó como queriendo ir al cielo, y todo lo que no encontró
asidero fue a caer en la lejanía. Ramas quebradas, hojas secas, hierba
arrancada de raíz, flores sin pétalos, volaron entre la ardua corriente. Nada permaneció
en su sitio sin sufrir, siquiera, una imperceptible fractura. Todo fue
trastocado por aquella rabia momentánea del viento. Pero así como llegó, sin
mediar permiso, volvió a irse. En calma quedó el mundo que me rodea; recomponiéndose.
Minutos después, ya no había rastro palpable de lo ocurrido. Yo era el único
testigo de esa pequeña destrucción. Pienso, ahora que te escribo, en que no
quiero sacar conclusiones ni reflexionar sobre este acontecimiento minúsculo. A veces, los hechos más insignificantes se
bastan a sí mismos. Solo quería contarte mi impresión, dejarte estas palabras,
porque pienso en ti y una ráfaga repentina, trepidante, cálido viento, llega y
me sacude por dentro.
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