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7

  Llegaste apresurada, con la luz amarilla desbordándose en tus ojos. Venías de recorrer las montañas. Sin esperar, me agarraste de la mano y me llevaste al campo. Es un milagro, dijiste. Atravesamos entonces los pastizales marchitos, bordeamos las blancas colinas y nos adentramos en un valle. El río extinto lloraba tembloroso bajo nuestros pies. Ya casi llegamos, dijiste. El viento ahora nos empujaba como a dos hojas ingrávidas, la claridad moría en las alturas y caía, silente, sobre la nieve. Yo me aferré con fuerza a tu corazón. Junto a una peña, entre lajas cortantes, nos detuvimos. Es aquí, dijiste. Me acerqué y vi el agua que nacía desde lo profundo. Un borbotón traslúcido que tomaste en tus manos hechas cuenco. Ven y bebes, dijiste. Un sorbo bastó para entender el asombro en tu sonrisa. Aquí es donde se baña la luna, dijiste. El agua seguía hasta perderse en las grietas de la tierra. Tú y yo en otra noche de escarcha. Frente a nosotros, el milagro de la vida.

6

  Era de noche. El viento se arremolinaba en las praderas azules. Sacudía los tallos, hacía bailar las hojas de los árboles perennes. Caí una leve llovizna. En casa, el fuego ardía en la hoguera. Crujían los troncos y saltaban briznas de luz encendida por toda la habitación. Yo dormía profundamente, pero me despertó el graznar de un pájaro desvelado. Te busqué en la cama, palpé las sábanas y no te encontré. Todavía permanecía la tibieza de tu cuerpo. Entonces, me levanté con los ojos sedientos y salí a buscarte. Afuera me golpeó el frío crispado que venía del mar. Era de noche. La isla se hundía por completo en el cielo. De lejos, me llegó tu voz. Seguí la música que brotaba de tus labios y te hallé sentada en una piedra resplandeciente. No dije nada. En el suelo se formaban pequeños charcos donde nadaban las estrellas. El ukelele que sostenías era un corazón vibrante. Con cada canción se fueron disipando la oscuridad y el sueño invernal. A tu lado, en silencio, vi el nuevo amanece...

5

  La noche nos alcanzó antes de llegar a la playa. Tras las verdes colinas, el mar empezaba a inquietarse. A tientas, por el camino de abrojos, seguimos hasta encontrarnos con el agua oscura. Un solo rumor que rompía en la orilla y, al final, la espuma que tocaba nuestros pies descalzos. El viento se adentraba con furia en el cielo dormido. Tú recogías guijarros blancos que nacían en la arena. Los guardabas en los bolsillos como pequeñas monedas recuperadas de un naufragio. Yo te veía sonreír en la distancia. Te alejabas cada vez más. Solo quedaban las huellas húmedas que borraba una próxima ola. Tuve miedo de perderte. Dije tu nombre y volviste desde la bruma. Temblabas de frío. Un puñado de estrellas tímidas se asomaban entre los nubarrones. Entonces, nos abrazamos y fue suficiente el silencio. El mundo estaba allá, olvidado y lejano, al otro lado del mar. En la isla, apenas llegaba el invierno.

4

Hoy vi al viento correr con furia en esta montaña. Me sombró su llegada intempestiva, su premura, su fuerza implacable, y también lo breve que perduró la escaramuza. Vino del silencio; levantado polvareda y sacudiendo los árboles. Los perros corrieron espantados, el techo de la casa se zarandeó como queriendo ir al cielo, y todo lo que no encontró asidero fue a caer en la lejanía. Ramas quebradas, hojas secas, hierba arrancada de raíz, flores sin pétalos, volaron entre la ardua corriente. Nada permaneció en su sitio sin sufrir, siquiera, una imperceptible fractura. Todo fue trastocado por aquella rabia momentánea del viento. Pero así como llegó, sin mediar permiso, volvió a irse. En calma quedó el mundo que me rodea; recomponiéndose. Minutos después, ya no había rastro palpable de lo ocurrido. Yo era el único testigo de esa pequeña destrucción. Pienso, ahora que te escribo, en que no quiero sacar conclusiones ni reflexionar sobre este acontecimiento minúsculo.  A veces, los hecho...

3

Abro la puerta a la mañana y entra como el viento. Entra fugaz y silenciosa y se tiende en la sala. Menea la cola y me mira con sus ojos de estrella juguetona. Viene de la noche, cubierta de rocío y con un olor a hierba fresca y tierra húmeda. Todo en ella es pelo crespo y orejas grandes que le cuelgan como racimos. Le digo Mona , pero desconozco su verdadero nombre. Llegó un día y, después de unas tímidas caricias, decidió volver. Y siempre llega así: de improviso, a horas insospechadas. Siempre viene contenta y reluciente, con su hocico mojadito y la mirada enternecida. Pacientemente, sin ladrar, espera a que le sirva su ración en el plato. Después aletea, brinca y hurga en los rincones de la casa hasta que se cansa. Solo el sueño mina su entusiasmo. Y ya para entonces, saciada y feliz, se tiende a dormir una siesta profunda. Mona despierta y se larga como el viento. Volverá cuando le plazca, después de haber recorrido los potreros y la alta montaña. Algo de su despreocupada liberta...

2

Duermes y sobre tu sueño, la noche. La noche se cierne en la ciudad de niebla. Arriba, en el firmamento, arden nubes de cristal. Y sobre el firmamento, más allá de todo ruido, el vacío del espacio.   Duermes y mientras la respiración inunda tu pecho, en el espacio nace una estrella. Enormes nubes de gas y de polvo giran y se atraen y gravitan hasta explotar en millones de partículas. La explosión es el origen de la estrella. Su luz incandescente viaja atravesando galaxias, recorriendo la materia oscura, surcando lo profundo del universo. En el cielo terrenal, apenas, se distingue un exiguo destello que palpita.  Duermes y sobre tu sueño, la noche detenida por la lluvia. La lluvia cae silenciosa sobre la tierra y se cuaja en las hojas y las ramas de los árboles. Una ráfaga repentina arrastra la niebla contra los cerros.  Duermes y mientras sueñas con un río luminoso, en esta montaña silenciosa, escribo para encontrarte. Las palabras me llevan a tu cuerpo lejano, me dev...

1

  Quisiera hablarte del viejo y nudoso guamo que crece a un lado del camino. Quisiera hablarte de ese árbol porque es el que custodia la casa que habito. Ahí siempre está, puntual y erguido, a pesar de que las raíces arañan el precipicio y el viento se enfurece contra sus ramas. Nada lo trastoca. Paciente se inclina, como si buscara en el suelo las hojas que perdió en la tormenta. Su tronco cruje, pero no se lamenta; siempre tiene algo de sombra para brindarte en el día soleado. Quisiera hablarte de ese árbol porque admiro su insistencia, su necedad, su apego a la existencia. El otro día vinieron a desgajarlo y ya le están brotando incipientes retoños. No claudica; algo de sano orgullo habrá de tener para estar siempre reverdecido. Ni en la temporada más tórrida se le ve sediento. Todo esplende. Quisiera hablarte del tupido guamo, de su perfecto silencio, de su propensión a meditar en las tardes. Quisiera hablarte de ese árbol porque lo siento tan cercano, tan mío, como si hubiera ...