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Llegaste apresurada, con la luz amarilla desbordándose en tus ojos. Venías de recorrer las montañas. Sin esperar, me agarraste de la mano y me llevaste al campo. Es un milagro, dijiste. Atravesamos entonces los pastizales marchitos, bordeamos las blancas colinas y nos adentramos en un valle. El río extinto lloraba tembloroso bajo nuestros pies. Ya casi llegamos, dijiste. El viento ahora nos empujaba como a dos hojas ingrávidas, la claridad moría en las alturas y caía, silente, sobre la nieve. Yo me aferré con fuerza a tu corazón. Junto a una peña, entre lajas cortantes, nos detuvimos. Es aquí, dijiste. Me acerqué y vi el agua que nacía desde lo profundo. Un borbotón traslúcido que tomaste en tus manos hechas cuenco. Ven y bebes, dijiste. Un sorbo bastó para entender el asombro en tu sonrisa. Aquí es donde se baña la luna, dijiste. El agua seguía hasta perderse en las grietas de la tierra. Tú y yo en otra noche de escarcha. Frente a nosotros, el milagro de la vida.